
Las mujeres que no sufrimos por amor cada vez somos más. Todavía no nos hemos liberado del dolor ni hemos encontrado la fórmula para ser felices, pero somos conscientes de que lo romántico es político, y que otras formas de relacionarnos, de organizarnos y de querernos son posibles.
Las mujeres que no sufrimos por amor estamos haciendo la revolución amorosa desde los feminismos: estamos poniendo sobre la mesa la importancia de reinventar el mito romántico para sufrir menos, y disfrutar más del amor. Las redes sociales y afectivas, las emociones y los cuidados están en el centro de nuestro pensamiento, nuestros debates y nuestras luchas.
Nuestra forma de amar es patriarcal porque aprendemos a amar bajo las normas, las creencias, los modelos, las costumbres, los mitos, las tradiciones, la moral y la ética de la cultura a la que pertenecemos. Cada cultura construye su estructura emocional y sus patrones de relación desde una ideología concreta, por eso nuestra forma de amar en Occidente es patriarcal y capitalista.
Las niñas y los niños recibimos mensajes opuestos y aprendemos a amar de forma diferente, así que, cuando nos encontramos en la adultez, resulta imposible quererse bien. Los niños aprenden a valorar y defender su libertad y su autonomía; las niñas aprenden a renunciar a ellas como prueba de su amor cuando encuentran pareja. Las niñas aprenden a situar el amor en el centro de sus vidas, mientras que los niños aprenden que el amor y los afectos son “cosas de chicas”. Las niñas creen que para amar hay que sufrir, pasarlo mal, aguantar y esperar al milagro romántico; los niños, en cambio, no renuncian ni se sacrifican por amor. Las niñas aprenden a ser dulces princesas; los niños, a ser violentos guerreros. Ellas creen que su misión es dar a luz a la vida; la misión de ellos es matar al enemigo. Mientras ellas se hipersensibilizan y dibujan corazones por todos lados, ellos se mutilan emocionalmente para no sufrir y se preparan para ganar todas las batallas. Así las cosas, no es de extrañar que cuando nos juntamos para amarnos el encuentro sea un desastre.
El romanticismo patriarcal es un mecanismo de control social para dominar a las mujeres bajo la promesa de la salvación y el paraíso amoroso en el que algún día seremos felices. La monogamia, por ejemplo, es un mito inventado exclusivamente para nosotras; ellos siempre han disfrutado de la diversidad sexual y amorosa y nos han prohibido que hagamos lo mismo.
Son muchos siglos de patriarcado los que llevamos a cuestas, y no tenemos herramientas aún para gestionar nuestras emociones. Seguimos con la misma madurez emocional de los primeros Homo sapiens: sentimos las emociones más básicas (alegría, ira, tristeza, miedo) de manera similar. La mayor parte de la humanidad resuelve sus conflictos con violencia, porque no nos educan para hacer frente a los tsunamis emocionales que nos invaden cada vez que sufrimos y hacemos sufrir a los demás.
La revolución amorosa es a la vez personal y colectiva: lo romántico es político, pero también es social, económico, sexual y cultural. Queremos que el amor deje de ser un instrumento de opresión para utilizarlo como el motor de la revolución sexual, afectiva y de cuidados en la que estamos trabajando desde los feminismos.
Los humanos nos juntamos para probar, pero en lugar de vivir con alegría esa incertidumbre de no saber si la relación funcionará o no, solemos sumergirnos en la ilusión de haber encontrado “por fin” a nuestra media naranja. Y sufrimos mucho cuando nos damos cuenta de que con esa persona tampoco logramos la fusión romántica ni alcanzamos el amor absoluto.
Lo realmente extraño es cuando sí lo alcanzamos. Cuando podemos seguir la fiesta del amor sin muros, sin obstáculos, sin peros, sin miedos. Sin embargo, no todo el mundo lo logra: hay gente que no sabe qué hacer cuando se presenta la felicidad así como así, sin avisar. Pienso, por ejemplo, en esas parejas adictas al drama que, aunque se aman locamente, se inventan problemas para no aburrirse y entran en un círculo vicioso de peleas y reconciliaciones con el único objetivo de mantener la intensidad de las emociones.
Sabemos que las relaciones de pareja no son tan maravillosas, ni tan fáciles, ni tan perfectas como en los mitos. Pero seguimos soñando con el amor total, y fantaseamos con encontrar a alguien que nos quiera incondicionalmente, y para siempre. Sabemos que el amor de pareja no es inmutable, ni puro, ni absoluto. Está vivo y cambia, evoluciona, se transforma, a veces se estropea de golpe, otras veces se va desgastando con el tiempo. En la realidad, el amor de pareja dura un ratito, un mes, diez años, y no es tan maravilloso como nos cuentan en las películas. Pero claro, son muchos años escuchando el mismo cuento sobre las mitades que se encuentran y se fusionan en el amor.
El romanticismo patriarcal nos hace creer que el amor es fácil, una energía mágica e inagotable que surge por sí sola y se mantiene igual en el tiempo. En este sentido, el amor es como las religiones, porque nos seduce con el paraíso del amor total. Nos hace creer que hay alguien superior a nosotras que nos ama y nos cuida en la distancia, que nunca nos falla, que siempre nos protege, que nos concede todos los deseos, nos vigila y nos castiga si no nos portamos bien, y no deja de amarnos jamás, hagamos lo que hagamos.
El romanticismo nos hace creer que es posible volver a sentir la fusión total que experimentamos en el vientre materno y durante algunos meses más de vida, en los que creíamos que éramos la misma persona que mamá. No importa si lo vivimos durante cinco minutos o durante cinco años de nuestra vida: todas, todos soñamos con ser queridos así, sin condiciones, sin límites, sin miedos. Este anhelo de fusión es muy humano, pero es un espejismo. El amor no es incondicional, o no debería serlo: si no hay condiciones para amar, si amar duele, si no nos tratan bien, si abusan de nosotros, entonces no es posible construir una relación amorosa.
Todas las relaciones humanas pasan por periodos difíciles, luchas de poder, desencuentros, conflictos… y no todas las historias tienen un final feliz. A veces estamos mejor separados que juntos. El sufrimiento nunca nos lleva al paraíso, aunque la cultura cristiana nos haga creer que para ser felices tenemos que pasarlo muy mal y aguantar todo lo que nos pase. Este mecanismo de compensación está pensado para que las mujeres creamos que cuanto más suframos, mayor será el premio que nos espera.
El mensaje que nos lanzan las historias de Blancanieves y Cenicienta es que el amor nos libera de las tareas domésticas, de los abusos de madrastras malvadas y enanitos tiranos, de la pobreza y la explotación del mercado laboral. Es curioso cómo en los cuentos los cambios siempre son mágicos: nunca tienen que ver con el esfuerzo personal o colectivo. El amor convierte a los malos en buenos.
El amor, sin embargo, no puede transformar la realidad como por arte de magia: nuestra vida no cambia el día en el que conseguimos pareja. Los cambios ocurren cuando somos capaces de analizar nuestra vida y tomamos decisiones, cuando se nos ocurren buenas ideas y nos ponemos manos a la obra para sacar adelante nuestros proyectos, cuando decidimos cambiar lo que no nos gusta de nosotras mismas o de nuestras relaciones, cuando dejamos de ponernos obstáculos, cuando confiamos en nuestra capacidad para incidir positivamente en nuestro entorno, cuando nos juntamos con otras personas para transformar el mundo.
El amor es gratis, es legal, y lo fabricamos nosotras mismas. El enamoramiento nos lleva al éxtasis, nos pone místicas, nos eleva por encima del mundo, nos pone en sintonía con el cosmos y nos hace sentir diosas a todas.
Y, sin embargo, en lugar de cuidarnos para evitar la adicción y todo el sufrimiento que conlleva, nos lanzamos a la piscina aunque se esté vaciando de agua. Asumimos que amar es sufrir y que, cuanto más suframos, más hermoso será el premio que recibiremos. Nuestro rol tradicional ha consistido en sacrificarnos por los demás, entregar nuestro poder al hombre que nos ame, renunciar a nuestra libertad, darnos por completo, y cuidar más a los demás que a nosotras mismas.
Por eso las mujeres que ya no sufrimos por amor reivindicamos la importancia del placer, el bienestar y la felicidad. Todas las mujeres tenemos derecho a gozar de la vida, a hacer cosas que nos hacen felices, a disfrutar de nuestro tiempo libre, de nuestras pasiones, de las personas a las que queremos y nos quieren. El amor podría ser una vía maravillosa para disfrutar de nuestra sexualidad y de nuestras emociones, pero hoy por hoy es un mito que nos tiene atontadas a muchas, y nos hace perder mucho tiempo y energía que podríamos dedicar a otras cosas más placenteras. Al amor hay que liberarlo del patriarcado y del masoquismo romántico: tenemos que trabajar mucho para deshacer esta asociación entre amar y sufrir, amar y sacrificarse, amar y someterse, amar y renunciar.
Nuestra forma de relacionarnos con el amor y con las demás personas está también determinada por la forma en la que hemos sido amadas durante nuestra infancia y adolescencia, porque son las etapas en las que construimos y consolidamos nuestra identidad, la autoestima y la confianza en nosotras mismas.
Si no nos han querido bien es muy difícil querernos bien a nosotras mismas y a los demás. La falta de amor nos determina y nos influye a la hora de construir relaciones libres, sanas y basadas en el placer. Porque todas las carencias afectivas aumentan nuestro miedo al rechazo y al abandono, el miedo a quedarnos solas, el miedo a que nadie nos quiera… y los miedos nos encadenan a relaciones que no funcionan, a parejas que no nos cuidan o que nos tratan mal.
Es un desafío enorme, pero apasionante: estamos solo al inicio de la revolución amorosa, queda todo por hacer. Necesitamos mucha educación emocional y sexual para aprender a relacionarnos con amor. Hay muchos mitos que derribar, muchos mandatos que desobedecer, muchas creencias que desmontar, y hay que hacer mucha autocrítica: para desalojar al patriarcado de nuestras mentes, nuestros corazones y nuestros coños. En esta lucha, la única regla es disfrutar del proceso de transformación en las mejores compañías.
El personaje literario de don Juan era tan encantador e irresistible que hasta las mujeres más virtuosas y beatas sucumbían a sus encantos, engañaban a sus maridos y padres, y alteraban por completo el sistema de propiedad privada del patriarcado.
Don Juan despreciaba profundamente a las mujeres, por eso nunca se enamoraba de ninguna. Hasta que apareció doña Inés, la mujer más virtuosa, bella y decente. Ella no era como las demás: ella sí resistió la tentación y se mantuvo firme en su rechazo, lo que a don Juan le excitó mucho. Doña Inés le hizo hincar la rodilla en el suelo, lo obligó a arrepentirse de sus pecados, lo domesticó y logró reconducirlo hacia el buen camino. El final feliz es que don Juan se redime y abandona el pecado para abrazar la senda de la monogamia, la fidelidad, el amor sin lujuria y el sexo para procrear. Don Juan se sometió por fin al poder de una mujer: esta vez ella fue la ganadora y él el perdedor.
Los donjuanes de carne y hueso, sin embargo, viven una enorme contradicción en su interior. Por un lado quieren ser libres y poderosos, por otro quieren encontrar a su doña Inés particular. Huyen de las mujeres y del amor, pero van buscando a la princesa que los obligue a sentar la cabeza. Se sienten muy machos conquistando mujeres, pero sufren la masculinidad patriarcal que les obliga a ser los mejores, a acumular conquistas, a tener que demostrar contantemente su hombría. No quieren enamorarse, pero necesitan a la esposa madre que les quiera incondicionalmente y les perdone todos sus pecados
No se trata solo de que nosotras no podemos hacer nada para fortalecer la fragilidad de la masculinidad patriarcal, que necesita variedad y cantidad de conquistas para reafirmar su virilidad una y otra vez. Se trata de que tenemos que aceptarnos tal y como somos: no es justo pedirle a nadie que cambie su forma de ser para que encaje en nuestro modelo amoroso ideal. Tampoco es justo que los hombres tomen por norma engañar a sus esposas para que ellas no disfruten de una vida amorosa y sexual diversa. Para poder construir relaciones sanas y bonitas, los hombres tendrían que trabajarse mucho el tema de la honestidad, y aprender a relacionarse con las mujeres desde el compañerismo.
Las quiero ♥
Terri S.

Deja un comentario