Frases de «Los recuerdos del porvenir» de Elena Garro

¿Cómo quieres que se vaya, si vino por ella?


Luchaba entre varias memorias y la memoria de lo sucedido era la única irreal para él.


Aquí estoy, sentado sobre esta piedra aparente. Solo mi memoria sabe lo que encierra. La veo y me recuerdo, y como el agua va al agua, así yo, melancólico, vengo a encontrarme en su imagen cubierta por el polvo, rodeada por las hierbas, encerrada en sí misma y condenada a la memoria y a su variado espejo. La veo, me veo y me transfiguro en multitud de colores y de tiempos. Estoy y estuve en muchos ojos. Yo solo soy memoria y la memoria que de mí se tenga.


Quisiera no tener memoria o convertirme en el piadoso polvo para escapar a la condena de mirarme.


Se encontraban en uno de esos lugares, especie de última estación, en donde los viejos solitarios esperan un tren desconocido con destino igualmente desconocido, y todo lo que los rodea ha dejado de existir.


Hay que ser pobre para entender al pobre.

En la noche todos somos inteligentes y en la mañana nos encontramos tontos.


Aquí la ilusión se paga con la vida.


Extraviados en sí mismos, ignoraban que una vida no basta para descubrir los infinitos sabores de la menta, las luces de una noche o la multitud de colores de que están hechos los colores. Una generación sucede a la otra, y cada una repite los actos de la anterior. Sólo un instante antes de morir descubren que era posible soñar y dibujar el mundo a su manera, para luego despertar y empezar un dibujo diferente. Y descubren también que hubo un tiempo en que pudieron poseer el viaje inmóvil de los árboles y la navegación de las estrellas, y recuerdan el lenguaje cifrado de los animales y las ciudades abiertas en el aire por los pájaros. Durante unos segundos vuelven a las horas que guardan su infancia y el olor de las hierbas, pero ya es tarde y tienen que decir adiós y descubren que en un rincón está su vida esperándoles y sus ojos se abren al paisaje sombrío de sus disputas y sus crímenes y se van asombrados del dibujo que hicieron con sus años. Y viven otras generaciones a repetir sus mismos gestos y su mismo asombro final.


¿Y si morir fuera un querer despertar y un no despertar nunca?


Hay veces en que el papel nos hace gestos…


En ese instante retrocedían a un lugar sin lugar, sin espacio, sin luz. Solo le quedaba el recuerdo del peso de las catedrales sobre sus cuerpos sin cuerpo. Perdió su otra memoria y perdió también el privilegio de la luz asombrosa.


Para nosotros, los indios, es el tiempo infinito de callar.


La memoria es la maldición del hombre.


¿De dónde llegan las fechas y a dónde van? Viajan un año entero y con la precisión de una saeta se clavan en el día señalado, nos muestran un pasado, presente en el espacio, nos deslumbran y se apagan. Se levantan puntuales de un tiempo invisible y en un instante recuperamos el fragmento de un gesto, la torre de una ciudad olvidada, las frases de los héroes disecadas en los libros o el asombro de la mañana del bautizo cuando nos dieron nombre.


Cuando llega el olvido es que ya acabó la vida.

Su memoria es el placer.

Hablar del matrimonio como de una solución la dejaba reducida a una mercancía a la que había que dar salida a cualquier precio.

Estoy y estuve en muchos ojos. Yo sólo soy memoria y la memoria que de mí se tenga.


Ahora van a saber que lleno mi cama con lo que más les duele.


¡Qué dicha ser hombre y poder decir lo que se piensa!


Tengo vocación de pobre», decía como excusa para su ruina progresiva. Los días del hombre le parecían de una brevedad insoportable para dedicarlos al esfuerzo del dinero.


Adelante de los pasos de un hombre siempre van los pasos de una mujer.


La noche avanzaba difícilmente, llevando a cuestas los crímenes del día.


Lo único que hay que imaginar es lo que no existe.


Habíamos vivido tantos años en la espera que ya no teníamos otra memoria.


Extraviados en sí mismos, ignoraban que una vida no basta para descubrir los infinitos sabores de la menta, las luces de una noche o la multitud de colores de que están hechos los colores.


A estas horas, vale más la vida de un alacrán que la de un cristiano.


Aquí estaré con mi amor a solas como recuerdo del porvenir por los siglos de los siglos.

Estoy y estuve en muchos ojos. Yo sólo soy memoria y la memoria que de mí se tenga.


De noche, tan pintada, no está mal, pero habrá que verla cuando despierta con todos los vicios en la cara…


Y se arrinconó sombría junto al fogón, mirando las brasas como si leyera en ellas las desgracias que anunciaba.


No todos los hombres alcanzan la perfección de morir; hay muertos y hay cadáveres, y yo seré un cadáver.


Cuando alguien moría, ella no iba al duelo. No sabía por qué la cara muerta de sus conocidos la hacía reír.


En el jardín los insectos se destruían unos a otros en esa lucha invisible y activa que llena a la tierra de rumores.


La veo, me veo y me transfiguro en multitud de colores y de tiempos. Estoy y estuve en muchos ojos. De la memoria que de mí se tenga.


Él sabía que el porvenir era un retroceder veloz hacía la muerte y la muerte el estado perfecto, el momento precioso en que el hombre recuperaba plenamente su otra memoria.


Una generación sucede a la otra, y cada una repite los actos de la anterior. Solo un instante antes de morir descubren que era posible soñar y dibujar el mundo a su manera, para luego despertar y empezar un dibujo diferente.


¿De dónde llegan las fechas y a dónde van? Viajan un año entero y con la precisión de una saeta se clavan en el día señalado, nos muestran un pasado, un presente en el espacio, nos deslumbran y se apagan.

Las quiero ♥

Terri S.