
El feminismo es la linterna que muestra las sombras de todas las grandes ideas gestadas y desarrolladas sin las mujeres y en ocasiones a costa de ellas: democracia, desarrollo económico, bienestar, justicia, familia, religión…
Todo el cambio libertario y político que supone la Revolución Francesa, sus filósofos, sus políticos, sus declaraciones de derechos, por un lado traen como consecuencia inevitable el nacimiento del feminismo y por otro, su absoluto rechazo y represión violenta.
El nacimiento del feminismo fue inevitable porque hubiese sido un milagro que ante el desarrollo de las nuevas aseveraciones políticas (todos los ciudadanos nacen libres e iguales ante la ley) y el comienzo de la incipiente democracia, las mujeres no se hubiesen preguntado por qué ellas estaban excluidas de la ciudadanía y de todo lo que ésta significaba, desde el derecho a recibir educación hasta el derecho a la propiedad.
El feminismo ya nació siendo teoría y práctica.
El sufragismo fue un movimiento épico donde las mujeres demostraron su capacidad y su paciencia. De todas las mujeres que se reunieron en Séneca Falls, solo Charlotte Woodward, entonces una modista de 19 años, vivió lo suficiente como para poder votar en las elecciones presidenciales de 1920.
El sufragismo se inventó las manifestaciones, la interrupción de oradores mediante preguntas sistemáticas, la huelga de hambre, el auto encadenamiento, la tirada de panfletos reivindicativos… Todos estos fueron sus métodos habituales. El sufragismo innovó las formas de agitación e inventó la lucha pacífica, que luego siguieron movimientos políticos posteriores como el sindicalismo y el movimiento en pro de los Derechos civiles.
¿Qué dice el segundo sexo? En este libro se recoge buena parte de los temas que el feminismo trabajará desde entonces y hasta la actualidad Simón expone la teoría de que la mujer siempre ha sido considerada la otra con relación al hombre sin que ello suponga una reciprocidad, como ocurre en el resto de los casos.
Simone de Beauvoir llega a la conclusión de que la mujer ha de ser ratificada por el varón a cada momento, el varón es lo esencial y la mujer siempre está en relación de asimetría con él. Y desarrolla el concepto de la hetero designación ya que considera que las mujeres comparten una situación común: los varones les imponen que no asuman su existencia como sujetos, sino que se identifiquen con la proyección que en ellas hacen de sus deseos.
El interés por la sexualidad es lo qué diferencia al feminismo radical tanto de la primera y segunda ola como de las feministas liberales de NOW.
Las radicales identificaron como centros de la dominación áreas de la vida que hasta entonces se consideraban privadas y revolucionarios y revolucionaron la teoría política al analizar las relaciones de poder que estructuran la familia y la sexualidad. Consideraban que los varones, todos los varones y no sólo una élite, reciben beneficios económicos, sexuales y psicológicos del sistema patriarcal
A partir de 1975, el feminismo ya no volvió a ser singular. El feminismo radical abrió las compuertas. A partir de su teoría y su práctica (de lo personal es político y los grupos de autoconciencia) las aguas se desbordaron. Cada feminista comenzó a trabajar sobre su propia realidad. Las semillas echaron raíces, con lo que el feminismo fue floreciendo en cada lugar del mundo con sus características, tiempos y necesidades propias.
El hecho de que el feminismo ya no se pueda nombrar en singular, de que nunca más haya vuelto a mantener la unidad de las sufragistas o de las radicales, no quiere decir que esté enfrentado.
Contra el nacimiento del feminismo en la Revolución Francesa se alzaron la guillotina y el código napoleónico; frente a la victoria, tan trabajada de las sufragistas y la obtención del derecho al voto y por lo tanto la expansión de la democracia con el sufragio universal, se alzó la mística de la feminidad con toda su parafernalia. Tras la sacudida del feminismo radical se alzó la reacción conservadora de los años 80 liderada por Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en Inglaterra. Fue en ese momento cuando apareció la moda de la súper mujer, escondiendo, tras ese nombre tan rimbombante, la explotación que supone la doble jornada (trabajar fuera y dentro de casa) y además ser una madre perfecta, amante excepcional y siempre guapa, por supuesto.
Se desenmascararon las trampas del lenguaje, la sesgada visión sexista de los medios de comunicación, la ultrajante representación de las mujeres en la publicidad, las diferencias de salario, los déficit en los servicios sociales, las exclusiones de la historia, las mentiras de las ciencias sociales, las carencias de las ciencias experimentales… En definitiva, se dijo con rotundidad que ya no es posible, con rigor académico considerar como universal y neutral un punto de vista unilateral, el masculino.
Si son los ojos de las mujeres los que miran la historia, está no se parece a la oficial.
El androcentrismo ha distorsionado la realidad, ha deformado la ciencia y tiene graves consecuencias en la vida cotidiana. Enfocar un estudio, un análisis o una investigación desde la perspectiva masculina únicamente y luego utilizar los resultados como válidos para todo el mundo, hombres y mujeres, a su puesto que ni la historia ni la etnología, la antropología, la medicina o la psicología, entre otras, sean ciencias viables o, como mínimo, que tengan enormes lagunas y confusiones.
El objetivo fundamental del feminismo es acabar con el patriarcado como forma de organización social.
La visión androcéntrica del mundo decide y selecciona, qué hechos acontecimientos y personajes son noticia, cuáles son los de primera página y a qué o a quién hay que dedicarle tiempo y espacio. Esa misma visión también decide, cuándo ocurre un hecho, a quién se le pone el micrófono, quién explica lo que ha ocurrido, quién da las claves de los acontecimientos. Como los medios de comunicación configuran la visión que tiene la sociedad del mundo, perpetúan en pleno siglo XXI la visión androcéntrica.
Podríamos decir que el sexismo es consciente y el machismo inconsciente.
El sexismo se define como: el conjunto de todos y cada uno de los métodos empleados en el seno del patriarcado para poder mantener en situación de inferioridad, subordinación y explotación al sexo dominado, el femenino. El sexismo abarca todos los ámbitos de la vida y las relaciones humanas, es decir, ya no se trata de costumbres, chistes o manifestaciones de poderío masculino en un momento determinado, sino de una ideología que defiende la subordinación de las mujeres y todos los métodos que utiliza para que esa desigualdad entre hombres y mujeres se perpetúe.
La noción de género surge a partir de la idea de que lo femenino y lo masculino no son hechos naturales o biológicos, sino construcciones sociales.
Todas las normas, obligaciones, comportamientos, pensamientos, capacidades y hasta carácter que se han exigido que tuvieran las mujeres por ser biológicamente mujeres. Género no es sinónimo de sexo.
El primer propósito de los estudios de género o la teoría feminista es desmontar el prejuicio de que la biología determina lo femenino, mientras que lo cultural o humano es una creación masculina.
Sexismo, androcentrismo, género y patriarcado, cuatro conceptos claves que sirven como herramientas de análisis para examinar las sociedades actuales, detectar los mecanismos de exclusión, conocer sus causas y, tras haber atesorado todo ese conocimiento, proponer soluciones y modificar la realidad.
El patriarcado ha mantenido a las mujeres apartadas del poder. El poder no se tiene, se ejerce: no es una esencia o una sustancia, es una red de relaciones. El poder nunca es de los individuos, sino de los grupos. Desde esta perspectiva, el patriarcado no es otra cosa que un sistema de pactos interclasistas entre los varones. Y el espacio natural donde se realizan los pactos patriarcales es la política.
La autoridad para el feminismo tiene que ver con el respeto, con el prestigio, con el reconocimiento de las mujeres como creadoras de cultura y pensamiento.
Uno de los mayores empeños del patriarcado ha sido el aislamiento de las mujeres. Cada una en su ámbito privado, en su entorno familiar, sin compartir sus experiencias con otras mujeres. Cuando las mujeres comenzaron a hablar, también comenzaron a escucharse, organizarse y autorizarse. Fue un camino paralelo al final del enfrentamiento entre las mujeres, otro empeño patriarcal. Con las mujeres peleándose entre ellas, desautorizándose, no habría oposición a su poder.
La conciencia femenina de su sometimiento dentro de la estructura patriarcal y la revuelta ante el mismo recibe un nombre inicial: sororidad. Un concepto que, como indica su raíz etimológica «sor», hace alusión a la hermana, a la hermandad de las mujeres en la conciencia y el rechazo del papel que les ha tocado jugar en el guion patriarcal.
El feminismo tiene clara la idea de que el poder de una mujer individual está condicionado al de las mujeres como género. Cuando las mujeres acceden a cotas de poder de una en una, en la mayoría de los casos lo único que hacen es imitar el modelo existente, el masculino, una sola persona no puede cambiar las reglas del juego.
Cada mujer debe tener el derecho de control sobre su propio cuerpo, su sexualidad y su vida reproductiva. Cada mujer es capaz de tomar sus propias decisiones.
El objetivo de la economía feminista es hacer visible lo que tradicionalmente la economía ha mantenido oculto: el trabajo familiar doméstico y sus relaciones, con lo que ha constituido su objeto de estudio, la producción y el intercambio mercantil.
Las actividades realizadas en el hogar tienen un valor que la sociedad capitalista patriarcal desde siempre había ignorado.
Las mujeres, al asumir los dos trabajos viven desplazándose de un espacio a otro, interiorizando la atención que significa la doble presencia. Los varones, en cambio, con su dedicación única al mercado de trabajo pueden entregarse a esta actividad sin vivir los problemas de combinar tiempos de características tan diferentes. Esa forma masculina de participación, con libre disposición de tiempos y espacios, solo existe porque los varones han delegado en las mujeres su deber de cuidar.
Si existen distintas formas de razonamiento moral entre hombres y mujeres como consecuencia de las construcciones de género, ya que a los hombres se les exige individualidad e Independencia y a las mujeres se les impone el cuidado de los demás y rara vez son vistas como individuos solas.
La corresponsabilidad ha de existir entre hombres y mujeres y en todos los ámbitos: la familia, la amistad, el amor, la política y las relaciones sociales. El feminismo defiende la ética del cuidado, pero no sólo para las mujeres. La ética del cuidado debe ser universal.
El laboratorio confirmó que los nuevos modos de organización del trabajo basados en políticas neoliberales consisten básicamente en recortar costes en derechos y salarios y fomentar la sumisión en una fuerza de trabajo cada vez más fragmentada y móvil. Es la forma de trabajar de miles de mujeres por obra, con horarios flexibles e imprevisibles, con jornadas extensivas y periodos de inactividad sin renta, por horas, sin contratos sin derechos, como autónomas, en casa… Las consecuencias son aislamiento e incapacidad de organizarse la vida, estrés, cansancio, imposibilidad de protestar, de decidir el propio camino, miedo.
A partir del verano de 2005, los países de la Unión Europea cuentan con una directiva que define y tipifica, por primera vez, el acoso sexual.
El acoso es un indicador patriarcal puesto que no lo conforman episodios laborales aislados, sino que es fruto de un imaginario y unas prácticas, más o menos bien vistas según los entornos, que facilitan y legitiman ciertas exigencias de los varones sobre el trabajo o el cuerpo de las mujeres.
En un mundo en el que se dice que la igualdad es real, para desenmascararla nada mejor que las cifras y si se trata de economía, más aún.
El modelo de globalización actual confunde progreso humano con desarrollo tecnológico, acumulación ilimitada de riquezas con felicidad, y deseos, con cualquier clase de caprichos que el dinero y la puedan proporcionar al margen de una mínima justicia social.
Las penurias económicas, las catástrofes naturales, las Guerras y conflictos armados que se suceden en los países del sur, el nivel de desempleo, las reformas económicas estructurales, la falta de oportunidades, las cargas familiares, las discriminaciones sexuales afectan en mayor medida a las mujeres que ven en la emigración una salida posible.
La ley del mercado que, en la práctica, equivale a la ley del más fuerte, arroja los márgenes de la economía a los que están en peores condiciones para competir, especular, invertir. Eso hace que las mujeres sean las que se lleven la peor parte. Las mujeres al estar menos integradas en estructuras laborales y de poder, junto con los niños, son las principales víctimas, tanto en el norte como en el sur.
La mercantilización de las cosas y de las personas se ceba principalmente en las mujeres, y sus cuerpos se afianzan más y más como objetos reales y simbólicos de la dominación. La prostitución femenina, la pornografía e incluso la esclavitud sexual han crecido escandalosamente con el empobrecimiento, las Guerras y las migraciones, efectos multiplicados planetaria mente por las posibilidades de internet, cuyos contenidos en un 45% divulgan y venden este tipo de prácticas
La prostitución es actualmente una manifestación internacional tremendamente compleja cuyo análisis requiere tener en cuenta las relaciones económicas y de poder que a su vez se manifiestan en la familia, la sociedad, los estados y el proceso de globalización mundial.
Se analiza la prostitución como una realidad múltiple. Aunque haya mujeres que la eligen libremente, son las menos. En las zonas del mundo donde las condiciones sociales y económicas para las mujeres son mejores, éstas tienen más posibilidades de elegir y la prostitución no se encuentra entre sus prioridades. Son las extremas condiciones de partida: pobreza, violencia, abusos, vida sin esperanza y sin expectativas de cambio, las que impulsan a las mujeres a acogerse a la prostitución como vía para mejorar sus ingresos y, por lo tanto, su futuro. La prostitución es una manifestación extrema de la violencia patriarcal.
La violencia simbólica también forma parte de la prostitución. Ésta existe porque hay demanda masculina. No habría tráfico de mujeres si no existiera demanda. La prostitución es el universo donde las fantasías sexuales masculinas, sea cuales sean, siempre se cumplen. Mediante la prostitución desaparece la sexualidad femenina, es un ámbito donde los hombres aprovechan su hegemonía en el mundo.
La violencia es el arma por excelencia del patriarcado. Ni la religión, ni la educación, ni las leyes, ni las costumbres, ni ningún otro mecanismo había conseguido la sumisión histórica de las mujeres si todo ello no hubiese sido reforzado con violencia. La violencia ejercida contra las mujeres por el hecho de serlo es una violencia instrumental, que tiene por objetivo su control. No es una violencia pasional, ni sentimental, ni genérica, ni natural. La violencia de género es la máxima expresión del poder que los varones tienen o pretenden mantener sobre las mujeres.
El feminismo está absolutamente comprometido con la erradicación de la violencia.
Todo sistema de dominación elabora una ideología que lo explica y justifica. Los niños y las niñas van absorbiendo e integrando en su psicología la tolerancia y el abuso masculino a través de mitos culturales que se encuentran repetidamente a lo largo de su vida. Tanto niños como niñas, a los 12 años ya tienen roles establecidos cargados de tolerancia al abuso en parejas. Las niñas se identifican en roles sumisos respecto a lo masculino y los niños toman posiciones de supremacía como género privilegiado. Irán aprendiendo a justificar sus privilegios y el abuso que conllevan.
La violencia en la pareja está rodeado de prejuicios que condenan de antemano a las mujeres y justifican a los hombres violentos. Ésta es una de las principales razones que sustentan la tolerancia social ante este tipo de actos y los sentimientos de culpa de las mujeres maltratadas.
La sociedad busca, fomenta, mujeres perfectas y las niñas reciben esta presión, pero cuando llega la adolescencia hace que se quiebran. Porque no son capaces de seguir las exigencias de su entorno tanto en rendimiento escolar como en imagen. Son las enfermas del desencanto de un mundo que un día le susurró que eran mujeres libres cuando solo pretendía esclavas, sumisas consumistas, adornos bonitos sin fuerzas para correr ni músculos para luchar.
El patriarcado se ha empeñado en negar la sexualidad de las mujeres, su placer y su deseo y al mismo tiempo, se ha encargado de imponer cánones estéticos al margen del riesgo que estos tienen para la salud. También se ha encargado de decidir, sin tener en cuenta a las mujeres, sobre la maternidad.
El mito de la belleza prescribe una conducta y no una apariencia.
El ideal de la belleza no obliga a ninguna mujer a hacerse una operación de cirugía estética o a pasar hambre, simplemente se rechaza a quién no entra en el modelo impuesto. Sólo un modelo idéntico para todas, porque las mujeres, en el patriarcado, son la mujer en singular, lo que quiere decir, todas iguales.
Los fabricantes de crema aparatos de ejercicios, cepillos para la piel y suplementos dietéticos ganan todos un pastón gracias al disgusto, atentamente cultivado, qué sienten las mujeres por sus propios cuerpos.
La medicina y la farmacología son el colmo del androcentrismo. Ambas ciencias controladas desde hace siglos por los hombres, se basan en los estudios sobre los cuerpos masculinos. Además, los ensayos clínicos también se hacen sobre los varones las consecuencias son tremendas. Las mujeres están peor diagnosticadas.
El goce y el placer son atributos positivos del erotismo masculino mientras que en las mujeres son atributos negativos. La sexualidad masculina está íntimamente relacionada con el poder y una de las características fundamentales del poder masculino es el control de la sexualidad femenina, por todos los medios: físicos, psicológicos, legales, sociales, religiosos, culturales y verbales
Los diccionarios se saltan su regla fundamental. Supuestamente, es el orden alfabético el que los organiza. Sin embargo, primero se pone el masculino (O) y luego el femenino (A).
El feminismo se puso a desmontar los saberes heredados, puesto que servían ideológicamente para perpetuar la dominación masculina.
Las lenguas cambian día a día, están vivas. Por eso las reticencias de las academias, de la autoridad, a incorporar el saber y el hacer de las mujeres no tienen fundamento intelectual. El sexismo y el androcentrismo del patriarcado provocan fundamentalmente dos consecuencias: el silencio, la invisibilidad de las mujeres y el menosprecio.
La academia y los lingüistas dedica sus esfuerzos a impedir los cambios en vez de a mejorar la lengua de manera que sea útil para todos y para todas y más veraz a la hora de reflejar el mundo.
El feminismo no se ha cansado de repetir que lo que no se nombra no existe.
En realidad, los roles y estereotipos nacidos de la construcción de los géneros hacen de hombres y mujeres seres atrofiados puesto que ni unos ni otras pueden desarrollar sus capacidades, siendo limitados a los que se espera de ellos y no a lo que son.
Los estereotipos pueden definirse como imágenes o ideas simplificadas y deformadas de la realidad, aceptadas comúnmente por un grupo o sociedad con carácter inmutable. Los estereotipos se hacen verdades indiscutibles a fuerza de repetirse.
El estereotipo sexista es peligroso puesto que parte de una relación desigual de poder entre hombres y mujeres y su uso abunda y perpetua el desequilibrio entre unos y otros.
Exactamente igual que las mujeres están presentes y lo han estado siempre en los grandes acontecimientos, también son protagonistas de los eventos cotidianos cubiertos por los medios de comunicación, pero están siendo excluidas de la verdad mediática como están ocultas en los libros de historia.
Aún cuando las mujeres son utilizadas como imagen, carecen de palabra.
Las mujeres que aparecen en los medios de comunicación responden a los ideales masculinos: belleza (fundamentalmente) y riqueza . Todos los estudios consultados respecto al tratamiento de la mujer en los medios coinciden en que está se refleja mayoritariamente como madre, esposa y consumidora, es decir, en su relación con los varones o en las tareas tradicionalmente asignadas al ama de casa. También destacan que las que mejor tratamiento reciben es decir, las que se proponen desde los medios como «triunfadoras» son las que por su actividad o actitud se acercan a los comportamientos masculinos. Es otra victoria paradójica del feminismo. El acceso de las mujeres como protagonistas a los medios de comunicación, tan lento y costoso, sin embargo, refuerza los estereotipos.
Las mujeres continúan encerradas en un contexto que generalmente sólo las reconoce como objetos de placer o sujetos domésticos.
Para combatir los estereotipos quizá la fórmula más eficaz sería recordar, a la hora de comprar, qué tipo de publicidad realiza cada marca comercial y evitar que se enriquezcan aquellos que no muestran ningún respeto hacia la dignidad de las mujeres.
Las teólogas feministas también subrayan la conciencia de que la historia cristiana ha perjudicado a las mujeres desde el momento que Diós se le ha visto como masculino, lo que ha sido motivo para no considerar a las mujeres como hechas a su imagen.
Lo religioso es la expresión de lo social y todas las religiones son manifestaciones de poder, se nutren de las interpretaciones que les favorecen y asientan con ellas su legitimidad y control social.
La masculinidad tradicional está compuesta por una constelación de valores, creencias, actitudes y conductas que persiguen el poder y autoridad sobre las personas que consideran más débiles. Para conseguir esa dominación, las principales herramientas son la opresión, la coacción y la violencia.
Está concepción masculina del mundo, está sustentada en mitos patriarcales basados en la supremacía masculina y la disponibilidad femenina, en la autosuficiencia del varón, en la diferenciación de las mujeres y en el respeto a la jerarquía.
Las principales víctimas de esta construcción masculina del mundo son las mujeres. Pero los varones además de verdugos también son víctimas de sí mismos.
La identidad masculina se aprende y por tanto también se puede cambiar.
No es de extrañar, que muchos varones vean la igualdad como amenaza a su propia identidad o a sus hábitos más arraigados.
Otro factor que dificulta el cambio masculino es que el imaginario social coloca Los varones en el papel de grupo dominante sobre las mujeres, y ellos lo asumen. Ven naturales sus mayores usufructos de derechos y prerrogativas, se sienten agobiados por la existencia de responsabilidad masculina, minusvalora en el sufrimiento producido en las mujeres, se aprovechan de sus capacidades y asignaciones sociales y no se responsabilizan de la desigualdad atribuyendo dicha responsabilidad a las propias mujeres. De esto deriva no percibir la necesidad de cambio y pensar que la desigualdad es un problema de las mujeres, que son quienes deben resolver las dificultades que está les crea.
Los privilegios no son obligatorios.
Es absolutamente necesario disociar la masculinidad del valor, el dominio, la agresión, la competitividad, el éxito o la fuerza, aspectos de cuya caricatura provienen muchas conductas violencias, y asociar la habilidad a la prudencia, la expresión de los sentimientos, la capacidad de ponerse en el lugar del otro o la búsqueda de soluciones dialogadas a los conflictos. Los hombres aprenden a reservarse sus propias ansiedades y miedos al proyectar una cierta imagen pública de ellos mismos. A veces, es aflicción interior puede crecer en la medida que a los hombres les persigue el miedo a ser marginados si la muestra.
Las conductas violentas no son instintivas, se aprenden.
Aceptar a las mujeres como sujetos iguales, como interlocutoras, como ciudadana legitimadas, como socias en un nuevo contrato social, no es tarea fácil. Para los varones la igualdad es un reto masculino. Supone un esfuerzo puesto que no solo implica renunciar a los derechos adquiridos, sino también poner en cuestión los hábitos propios, la identidad la imagen que se tiene de las mujeres y la base del sentido masculino de la autoestima.
El patriarcado, como sistema de dominación de los hombres sobre las mujeres que es, necesita el poder, la fuerza y la cultura para mantenerse. Necesita controlar el mundo simbólico, el lenguaje, los sueños, es decir, necesita que todos interiorizamos esa dominación, que nos la creamos, tanto los dominadores como las dominadas.
La teoría feminista indaga en las fuentes religiosas, filosóficas, científicas, históricas, antropológicas y en el llamado sentido común para desarticular las falsedades, prejuicios y contradicciones que legítima la dominación sexual.
Nadie, en ninguna parte del mundo a lo largo de la historia, ha asesinado en nombre del feminismo. En cambio, el machismo mata y millones de mujeres que hoy deberían estar vivas han sido asesinadas.
Los restos del discurso de la excelencia también perviven en este tópico de que las mujeres somos todas iguales. Así, lo que hace una mal, lo pagamos todas, por el contrario, cuando alguna hace algo bien, eso no pasa a la cuenta de los resultados.
Las quiero ♥
Terri S.

Deja un comentario