Frases de «Emma y las otras señoras del narco» de Anabel Hernández.

La conducta criminal de los Beltrán Leyva y otros narcotraficantes no generaba ningún castigo por parte de las autoridades, quienes eran sus cómplices, y su efecto era la acumulación de grandes cantidades de dinero y poder, que a su vez le daban una recompensa específica, relacionada con uno de los impulsos más primitivos, eros. Podían estar con mujeres que para muchos parecían inaccesibles, y no tenían que secuestrarlas, violentarlas o asesinarlas, como ocurre a miles de mujeres en México, sino comprar su compañía. Al tener a esas mujeres, el valor de todas las demás disminuía, qué más daba utilizarlas, traficarlas, esclavizarlas, convertirlas en niñas sicarias o en burros de carga de droga. La degradación de esas mujeres famosas que iban con los narcotraficantes indirectamente condenaba a todas las demás.

Pero detrás del mito de glamur y derroche que rodea a las esposas de los reyes de la droga en México hay otra verdad, menos reluciente, la mayoría de ellas no tiene independencia económica. Emma tampoco la tenía. Dependía de las propiedades del Chapo que le permitía administrar y del dinero que le enviaba. Si vivía de manera holgada y disfrutaba de costosas joyas que él le regalaba, pero no tenía nada a su nombre que le pudiera en un momento dado dar autonomía económica.

Estos hombres al final son inseguros no dejan jamás que sus esposas tengan autonomía total porque tienen miedo de que los dejen. Son muy celosos y posesivos.


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