
Orillas de un arroyuelo
Que lindo prado regaba
De los céfiros mecida,
De las aves halagada,
Una nítida diamela
Graciosa se columpiaba,
Esparciendo por do quiera
Su delicada fragancia.
Prendados de su belleza,
De su hermosura y su gracia,
El ruiseñor y el jilguero
Su tierno amor le cantaban.
Ella cándida y modesta
Que sus cantos escuchaba
Se inclinaba dulcemente
Y sus pétalos cerraba.
Desdeñados los cantores
De su lado se alejaban
Y al aire daban las quejas
Que la flor les rechazaba.
Un tierno lirio, que airoso
Luciendo sus ricas galas
Entre las flores del prado
Orgullosos se ostentaba;
Ve que la blanca diamela
Pudorosa se recata
Esquivando las caricias
De las aves que la cantan;
Y doblándose en su tallo
Al soplo fugar del aura,
Mezcla su dulce perfume
Con el de la rosa blanca.
La rosa cual de las aves
Quiere esquivar su mirada…
Pero sus nítidas hojas
Con las del lirio se enlazan.
Sus bellas tintas la aurora
Tierna sobre ellas esmalta,
La mañana las sonríe,
Riega el arrollo sus plantas,
Y felices y dichosos
El lirio y la rosa blanca,
Dan aromas al ambiente,
Al prado esplendor y gala.
Envidiando la ventura
De las dos flores galanas,
La madre –selva que sola
Se mecía en la enramada,
Entre el lirio y la diamela
Enreda sus verdes ramas:
Y gozándose en su triunfo
A las dos flores separa.
Mírase la florecilla
De su caro amor privada,
y en las linfas del arrollo
Sepulta sus hojas blancas.
La ve con dolor el lirio
Sumergida entre las aguas
Con la madre –selva, en vano
Luchando para salvarla;
Y doblega tristemente
La mísera flor su planta;
Mientras que la madre-selva
Contempla a la par ufana,
Marchitando el tierno lirio,
Y muerta la rosa blanca.
Oh! la envidia, cuantas veces
A los amantes separa,
Cual madre-selva, enredando
Entre las flores sus ramas.


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