
La social-democracia ya no debe orientar su actividad cotidiana a la conquista del poder político sino a la mejora de las condiciones de la clase obrera dentro del orden existente.
El estado actual no es la sociedad que representa a la clase obrera ascendente, sino el representante de la sociedad capitalista, es decir, un estado de clases.
El militarismo ha sufrido un cambio similar. Si consideramos la historia tal como fue, no como pudo ser o debería haber sido, tenemos que aceptar que la guerra constituyó un rasgo indispensable del desarrollo capitalista. Estados Unidos, Alemania, Italia, los países balcánicos, Rusia, Polonia, todos le deben a la guerra la creación de las condiciones o el impulso del desarrollo capitalista, al margen de que el resultado bélico concreto fuera la victoria o la derrota. Mientras existieron países cuya división interna o aislamiento económico era necesario suprimir, el militarismo cumplió, desde un punto de vista capitalista, un cometido revolucionario.
El militarismo se ha hecho hoy imprescindible, por tres razones: 1) como medio de lucha para defender los intereses “nacionales” frente a la competencia de otros grupos nacionales; 2) como importante destino de la inversión tanto del capital financiero como del capital industrial; y 3) como instrumento de dominación de clase en el interior del país sobre la clase obrera.
De motor del desarrollo capitalista, el militarismo se ha transformado en su mal endémico.
En la concepción habitual del partido, la lucha sindical y política permite que el proletariado comprenda que es imposible que tal lucha cambie de forma fundamental su situación y que debe inevitablemente conquistar el poder político.
La lucha sindical y política adquiere su relevancia y su auténtico carácter socialista en la medida en que socializa el conocimiento del proletariado, su conciencia, y ayuda a organizarlo como clase. Pero si es considerada como un instrumento de socialización de la economía capitalista, no sólo pierde su usual eficacia, sino que también deja de ser una herramienta para preparar a la clase obrera para la toma del poder.
La misma concepción mecánica y antidialéctica subyace en el modo en que Bernstein interpreta la desaparición de las crisis como un síntoma de la “adaptación” de la economía capitalista. Para él, las crisis son simples “trastornos” del mecanismo económico, que funcionaría bien si no se produjeran. Sin embargo, las crisis no son “trastornos” en el sentido habitual de la palabra, puesto que sin ellas la economía capitalista no se podría desarrollar. Si las crisis son el único método posible —y, por tanto, el normal— que tiene el capitalismo de resolver periódicamente el conflicto entre la ilimitada capacidad de expansión de la producción y los estrechos límites del mercado, entonces las crisis resultan ser manifestaciones orgánicas inherentes a la economía capitalista.
No se puede negar que el principal motivo que lleva a las masas populares al movimiento socialdemócrata es el reparto “injusto” propio del orden capitalista. Al luchar por la socialización de toda la economía, la socialdemocracia lucha al mismo tiempo por una distribución “justa” de la riqueza social. La única diferencia es que, gracias a las concepciones del marxismo de que la forma de distribución es una consecuencia natural del modo de producción, la socialdemocracia no lucha para cambiar la forma de distribución dentro del contexto de la producción capitalista, sino para abolir la producción capitalista misma. En una palabra, la socialdemocracia trata de implantar la distribución socialista por medio de la eliminación del modo de producción capitalista.
Sin hundimiento del capitalismo, la expropiación de la clase capitalista es imposible.
Pero la lucha del proletariado no puede desarrollarse sin un objetivo final claro y sin una base económica en la sociedad contemporánea.
¿Qué hace sino combatir el pensamiento específico del proletariado consciente en su lucha por la emancipación? Es decir, intentar romper la espada que ha ayudado al proletariado a desgarrar las tinieblas de su porvenir histórico, intentar mellar el arma intelectual con cuya ayuda el proletariado, aun continuando materialmente bajo el yugo burgués, es capaz de vencer a la burguesía, al demostrarle el carácter transitorio del actual orden social y la inevitabilidad de su victoria, el arma intelectual que ya está haciendo la revolución en el mundo del pensamiento.
Desde la aparición de la sociedad de clases, cuyo contenido esencial es la lucha entre esas clases, la conquista del poder político siempre es el objetivo de toda clase ascendente.
Todo ordenamiento jurídico no es más que un producto de la revolución. En la historia de las clases, la revolución es el acto político creador, mientras la legislación sólo expresa la pervivencia política de una sociedad. La reforma legal no posee impulso propio, independiente de la revolución, sino que en cada período histórico se mueve en la dirección marcada por el empujón de la última revolución y mientras ese impulso dure. O dicho más concretamente: sólo se mueve en el contexto del orden social establecido por la última revolución. Este es el punto crucial de la cuestión.
La reforma y la revolución no se distinguen por su duración, sino por su esencia. Todo el secreto de los cambios históricos a través de la utilización del poder político reside precisamente en la transformación de cambios meramente cuantitativos en una cualidad nueva; dicho más concretamente, en la transición de un período histórico —un orden social— a otro.
En realidad, el capitalismo ofrece, además de los obstáculos, las únicas posibilidades de realizar.
Las cosas son muy distintas en la actualidad. No es la ley, sino la necesidad y la carencia de medios de producción los que obligan al proletario a someterse al yugo del capital. Y no hay ley en el mundo que, en el marco de la sociedad burguesa, pueda darle al proletariado esos medios de producción porque no fue la ley la que le privó de ellos, sino el desarrollo económico.
La otra peculiaridad del orden capitalista es que todos los elementos de la futura sociedad que en él existen asumen inicialmente una forma que no los aproxima al socialismo, sino que los aleja de éste. Cada vez se acentúa más el carácter social de la producción. ¿Bajo qué forma? Bajo la forma de gran empresa, sociedad anónima y cártel, en los que los antagonismos del capitalismo, la explotación y la opresión de la fuerza de trabajo, se elevan al máximo.
Si para la burguesía la democracia ha llegado a ser innecesaria o molesta, precisamente por eso mismo es necesaria e imprescindible para el proletariado.
Las quiero ♥
Terri S.

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