
Una bruja es una mujer sin arrepentimiento. Su alquimia transforma las experiencias y las emociones. Es una mujer con poder, voluntad y soberanía… y las ejerce con sus condiciones. Ella crea y manifiesta. Ella es su propia fuente. Entra en libre comunión con la Madre Naturaleza, el espíritu, Dios, la Diosa sin necesidad de intermediarios. Ser bruja es ser una mujer dueña de su poder.
Muchas de nosotras tenemos la necesidad innata de ser queridas y aprobadas. Es la naturaleza humana, pero también significa que nos han condicionado para hacer mil concesiones sutiles. Significa que nos hemos convertido en mujeres que no se atreven a vivir su plenitud. Tenemos mucho cuidado de no estar demasiado calladas o ser demasiado ruidosas.
Nunca puedes reclamar tu poder siendo menos tú o encogiéndote lo suficiente para caber dentro de la estrecha caja 100% aprobada. El poder no puede venir de ser menos que. Simplemente, no puede. Solo porque venir de expandirte, crecer y expresarte completamente. Desde la osadía de ocupar tu espacio. Desde empezar a ser más de todo.
Una sociedad patriarcal es en la que los hombres hacen las reglas y las mujeres son simplemente participantes pasivas y sin pretensiones.
Te han enseñado a tener miedo. Te dijeron que el poder corrompe. La imagen que tienes de alguien que busca poder es probablemente la de una persona egoísta y codiciosa. Alguien que no se detendrá ante nada para obtener ese poder, incluso si es a expensas de otro, ¿verdad? Y es cierto. Sin duda, hay que desconfiar de esa versión del poder. Pero como bruja, perra, coño y menstruación, poder No es la mala palabra que nos han enseñado que es. En lugar de rechazarla, necesitamos abrazar la idea del poder para reivindicar nuestra plenitud y nuestra verdadera expresión en el mundo como mujeres.
A las mujeres no se les permitió escribir hasta el siglo XIX. En ese momento, el nacimiento del sufragismo significó que las mujeres comenzaron a exigir un lugar en el mundo junto a los hombres. Exigieron contribuir al discurso cultural, hacer escuchar sus opiniones y contar sus propias historias. Y ¿antes de eso? Bueno, la historia de él la escribió, y aún la escribe en muchos casos, el vencedor. Y ¿quién fue el vencedor en la caza de brujas? Ciertamente, no fueron las mujeres. Así que incluso la historia que no han contado sobre la caza de brujas la escribieron los hombres. Hombres cuyas intenciones eran mantener la supremacía de la Iglesia y suprimir y reprimir la conexión, la comunidad y la sabiduría compartida.
El reto es cuestionarlo TODO, en especial para las mujeres cuya historia ha sido censurada, silenciada, reprimida y quemada en los últimos tres mil años.
El término bruja se usó en otros tiempos para denominar a una mujer sabia o sanadora. Era la mujer que había completado sus años de sangrado, en los que había acumulado sabiduría con casa uno de los ciclos menstruales. Y después de esos años, llegaba a su lugar de poder, desde donde enseñaba el conocimiento ancestral. En otro tiempo la palabra bruja designaba a las mujeres que se negaban a conformarse o inclinarse ante las expectativas patriarcales. Las brujas eran valientes y extraordinarias.
La independencia, la determinación y la excepcionalidad no son cualidades que los hombres hayan encontrado históricamente atractivas en las mujeres.
Durante milenios, personas de todo el mundo adoraron a una diosa madre: La gran Madre. Ella era la naturaleza y la crianza, la muerte y el renacimiento, feroz y amorosa, la luz y la oscuridad. Ella era las polaridades y todo el misterio que se extiende entre ellas. Esta creadora de todo lo que se conoces era masculina y femenina. Y nos guiábamos por una relación divina, sagrada y devocional con ella.
Llego el patriarcado, sobre todo a través del cristianismo, para asumir el papel de padre. Un padre capitalista, controlador, alimentado por el ego, obsesionado con el poder.
La idea de que experimentáramos nuestro cuero como sagrado, de que viviéramos en comunidad y de que trabajáramos por amor y servicio no era propicia para el desarrollo del capitalismo.
El patriarcado no podía controlar la magia de una mujer o su capacidad para generar debilidad en la obediente máquina de trabajo, seduciendo y manipulando a los hombres a través de su sexualidad y su poder femenino. Y eso significa que el patriarcado necesitaba demonizar s las mujeres y sus poderes.
Las mujeres que eran sanadora (y en particular las parteras) fueron etiquetadas como brujas y asesinadas, porque los hombres que se graduaban en las universidades y se convertían en médicos en ese momento querían controlar el mundo de la salud. Querían una autoridad absoluta que no pudiera ser cuestionada por las mujeres que, en la mayoría de los casos, poseían mucha más experiencia, pero no tenían una posición oficial. Para esos doctores, las mujeres eran una gran amenaza.
Como mujeres, es nuestra responsabilidad que ser poderosas sea seguro para cada una de nosotras.
Nuestra libertad como mujeres es superficial. Claro, en la superficie, se ve que podemos trabajar y votar. Pero esa libertad está impregnada de odio hacia una misma, obsesiones físicas, terror al envejecimiento y desconfianza hacia otras mujeres.
Las instituciones dominadas por hombres están amenazadas por la libertad de las mujeres, por eso explotan la culpabilidad femenina y fomentan la aprensión sobre nuestros cuerpos. Pero… ¿Qué haría la industria de la pornografía si las mujeres se negaran a recrear los deseos masculinos? ¿Qué haría la industria de la cirugía estética si las mujeres abrazaran la belleza invariable que hay dentro de ellas, en lugar de obsesionarse con las representaciones patriarcales en constante cambio de la belleza externa? ¿Qué harían las industrias de la belleza, la autoayuda y las dietas si las mujeres confiaran en que todo el conocimiento y la sabiduría que alguna vez necesitaron ya está dentro de ellas (y que pueden acceder a ellos conectándose con el poder de sus ciclos menstruales)?
Quiero destacar que se invierten miles de millones de dólares para mantenerte subordinada. En otras palabras, la misoginia y el sexismo son rentables.
El temor de que no sea seguro para nosotras hablar de nuestra historia, escribir sobre ella o compartirla, que es nuestra mejor medicina para el mundo, puede mantenernos mudas. Y eso hace que nuestros poderes sean completamente inútiles.
Es hora de que contemos NUESTRA historia. Porque la historia que contamos es el mundo que hacemos.
Cuando la bruja se despierta, comienza a recuperar todas las partes de ella que han sido desmembradas, ocultadas en la oscuridad y etiquetadas como tabú.
Lo que le mundo quiere y necesita es que compartamos nuestras historia, nuestras medicinas y nuestras realidades.
El patriarcado no tiene que hacer NADA. Bueno, nada aparte de fumarse un gran puro y seguir haciendo dinero sin medida a partir de las inseguridades que han creado en todas nosotras.
Tenemos que hacer que esto sea seguro, las unas para las otras, no desafiándonos y señalándonos con el dedo, sino apoyándonos. No es necesario que estemos todas de acuerdo. Ni siquiera nos tenemos que gustar mucho. Esa no es la cuestión. Pero para desafiar al patriarcado, hacer que esto cambie y comenzara sanar la herida de la bruja, DEBEMOS apoyar a otros mujeres que se atreven a decir su verdad.
La seguridad real viene de conocerte a ti misma y a todas tus partes tan íntimamente que nadie pueda hacerte dudar. Cuando tienes una confianza feroz en ti misma, nadie puede culparte, avergonzarte o hacerte sentir menos.
Esto será lo que de verdad acabará con el patriarcado: mujeres en pie y unidas animándose las unas a las otras. Y no posando complacientes para una foto para las redes sociales, sino teniendo conversaciones valientes, conscientes y reales unas con otras. Uniéndonos, y no desafiándonos. Ayudándonos unas a otras a recomponer los pedazos, a volver a estar completas y a sentirnos apoyadas sin reservas, sin ser juzgadas ni avergonzadas en nuestra integridad.
Las quiero ♥
Terri S.

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