«A nuestro sexo» de Rita Cetina Gutiérrez.

¿No veis aparecer en el Oriente

Más limpio el sol,

Más bello y claro el día?

¿No escucháis ya más grata la armonía

Del alegre y parlero ruiseñor?

¿No sentís que al mecer vuestros cabellos

En la tarde la brisa pasajera,

Es mas fresca, más pura y lisonjera

Que el tierno beso del filiar amor?

¿No sentís más frescura en el ambiente?

¿De las flores más dulces las aromas?

¿En el manso arrullar de las palomas

No oís una cadencia celestial?

Oh! ¿no es verdad que todo vuestra vista

Más sublime, más bellos se presenta?

¿Veis la naturaleza que ora ostenta

Esplendor y belleza sin igual?

Oh! si, si ¿no es verdad? Es que la hora

Ha llegado por fin tan esperada,

De levantar la frente que angustiada

Mustia y doliente se inclinara ayer.

Dejad la postración que tanto tiempo

La gloria y el saber os ha ocultado.

¡Oíd con atención! La hora ha llegado

De que ilustre… la mujer.

Pasan siglo y edades y los pueblos

Que sumidos están en la impotencia,

Súbito dan la voz de independencia

Y denodados luchan con valor.

¿Qué extraño, pues, que la mujer ahora

Que de las ciencias el raudal fecundo

Ha apurado sedienta, diga el mundo

En mi pecho también siento este ardor?

Dotadas la mujer por el Eterno

De nobles sentimientos como el hombre,

Ambiciona legar también su nombre

Ilustre y grande a la futura edad.

Si; ¿no es cierto, queridas compañeras,

Que halagáis este bello pensamiento?

Pues no esperemos más; llegó el momento,

Proclamemos: Unión, Fraternidad.

Venid todas, venid! “La Siempeviva!”

Vuestra entusiasta voluntad reclama,

Y cariñosa con amor os llama,

Y os brinda sus columnas con placer.

Sacudid la inacción, alzad la frente,

Lenvantad con orgullo la cabeza,

Y podremos decir con entereza

Que alcanza cuanto quiere la mujer.


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