
¿No veis aparecer en el Oriente
Más limpio el sol,
Más bello y claro el día?
¿No escucháis ya más grata la armonía
Del alegre y parlero ruiseñor?
¿No sentís que al mecer vuestros cabellos
En la tarde la brisa pasajera,
Es mas fresca, más pura y lisonjera
Que el tierno beso del filiar amor?
¿No sentís más frescura en el ambiente?
¿De las flores más dulces las aromas?
¿En el manso arrullar de las palomas
No oís una cadencia celestial?
Oh! ¿no es verdad que todo vuestra vista
Más sublime, más bellos se presenta?
¿Veis la naturaleza que ora ostenta
Esplendor y belleza sin igual?
Oh! si, si ¿no es verdad? Es que la hora
Ha llegado por fin tan esperada,
De levantar la frente que angustiada
Mustia y doliente se inclinara ayer.
Dejad la postración que tanto tiempo
La gloria y el saber os ha ocultado.
¡Oíd con atención! La hora ha llegado
De que ilustre… la mujer.
Pasan siglo y edades y los pueblos
Que sumidos están en la impotencia,
Súbito dan la voz de independencia
Y denodados luchan con valor.
¿Qué extraño, pues, que la mujer ahora
Que de las ciencias el raudal fecundo
Ha apurado sedienta, diga el mundo
En mi pecho también siento este ardor?
Dotadas la mujer por el Eterno
De nobles sentimientos como el hombre,
Ambiciona legar también su nombre
Ilustre y grande a la futura edad.
Si; ¿no es cierto, queridas compañeras,
Que halagáis este bello pensamiento?
Pues no esperemos más; llegó el momento,
Proclamemos: Unión, Fraternidad.
Venid todas, venid! “La Siempeviva!”
Vuestra entusiasta voluntad reclama,
Y cariñosa con amor os llama,
Y os brinda sus columnas con placer.
Sacudid la inacción, alzad la frente,
Lenvantad con orgullo la cabeza,
Y podremos decir con entereza
Que alcanza cuanto quiere la mujer.


Deja un comentario