
Cuando mi madre habla sobre otra mujer,
sus expresiones faciales, aumentan, se extienden hasta la cima de una montaña.
Subo la cima
vislumbro un distante ayer:
Mi abuela de pie en lo alto de la colina al alba,
Sus aguzados ojos de águila atrapando la lejanía.
Lo que es lejano arde como un incendio en lo profundo de sus pupilas.
Lejos. El otro lado de la montaña. Un misterio.
Una tentación maldita. Un mandamiento no escrito.
El sueño de una joven mujer, llegando al mar a miles de kilómetros de distancia.
Un secreto que guardan las mujeres a toda costa
con cada nervio que hay en sus cuerpos.
Cada hora oscura en la que han perdido su sol,
les revela un amanecer profundamente azul.
Cuando mi madre cuenta la historia, también hay un mar
creciendo dentro de su corazón.
Ha heredado el sueño de su madre, y ese sueño
no ha cambiado, lo he heredado yo de ella.
Como aquello que corre dentro de la sangre, de lo cual una parte
te pertenece, aunque no es del todo tuyo.
Mi sueño sobre el mar madura mucho antes que el de ellas.
Cuando yo era adolescente, ponía mi sueño dentro del equipaje cuando viajaba
por las montañas. Donde dejé mis jóvenes huellas
―cimas de montañas, junglas, valles― con frecuencia escuché
un profundo relincho de caballo en mi sueño desde un rincón del océano.
Escucho al agua llamándome día y noche.
Como guiado por un poder divino, el sonido del agua me conduce, nos conduce, siempre.
Convirtiéndose en la canción celestial que somos incapaces de compartir.
Por la Vía Láctea, veo a un anciano
recogiendo mi barco de papel y murmurando:
“la forma en que te amo
es la forma en que amaré tu mar.”
Traducción: Indira Díaz


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